Los aborígenes: el arte, el corazón y la cuca

Resulta especialmente emocionante dedicar el primer post de este blog, en el que espero se mezclen las reseñas de eventos culturales y artísticos con otras reflexiones más personales, a un montaje teatral que resume a la perfección el alcance del arte, el talento y la inspiración. Se trata de “Los aborígenes” que este fin de semana ofrecerá sus últimas funciones (si tienen ocasión, no lo duden) en Pabellón 6, el espacio independiente creado por Ramón Barea que ha echado raíces más que sólidas, tras el éxito de sus “Chichinabo/Chihuahua Cabaret”, en el insólito barrio de Zorrozaurre de Bilbao (cuya aparente decadencia contrasta con la emergencia de nuevas propuestas de revitalización y un singular encanto).

La Compañía Joven, formada por chicos y chicas menores de 25 años de diferentes escuelas de teatro vascas, y que ya ha versionado recientemente en el mismo espacio “Romeo y Julieta”, se entrega en cuerpo y alma a representar esta “obra de obras”, un compendio sabiamente dramatizado  de fragmentos de las obras más icónicas de Federico García Lorca (El público, Mariana Pineda, Poeta en Nueva York, Doña Rosita la soltera, etc.), con los que aciertan a construir una suerte de autobiografía del poeta granadino. Sin olvidar ninguno de los sucesos fundamentales de su vida (la importancia de la relación con su madre, la aceptación de su sexualidad, sus primeros éxitos y fracasos, su viaje a Nueva York, su participación en la iniciativa de “La Barraca”, su trágica perdida), pero en un registro onírico y ocasionalmente simbólico que habría hecho las delicias del poeta.

Enfundados en unos monos de obrero surcados por manchas de pintura, los jóvenes intérpretes evocan el esfuerzo colectivo y carácter experimental del teatro para lanzarse a un largo (2 hpabellon-6-teatro-bilbaooras y cuarto con entreacto) e intensísimo tour de force interpretativo en el que, jugando hábilmente con escasos pero significativos elementos escénicos, se intercambian papeles (a Lorca lo interpretan 3 actores y una actriz diferentes), hacen honor a los apasionados discursos de las obras de Lorca, interpretándolos con profundo sentimiento, y entran y salen del escenario siguiendo una coreografía endiablada (patalean el escenario, gritan, bailan, lloran).

Dos episodios revisten especial importancia: sus años en la Residencia de Estudiantes, en los que trabó especial amistad con Buñuel y Dalí (qué arte y complicidad desprenden sus intérpretes; con qué ritmo y brillantez se describe la dinámica de la institución) y su fallecimiento fusilado por los nacionales, que aquí se representa, de forma muy original y conmovedora, como la crucifixión de un mártir, de un elegido para venir a este mundo a embellecerlo con sus versos y agitarlo con sus obras. Pese a todo, el montaje reivindica en todo momento un tono vitalista y desacomplejadamente sensual. Lorca sonríe en el cielo. Porque mientras existan compañías y montajes como este, su espíritu, y el del resto de aborígenes comprometidos con la libertad, seguirá vivo.

Gracias a todo el equipo por este esfuerzo a la altura (o superando) cualquier representación teatral (de nivel) actualmente en cartel a nivel nacional. Espero que hagan gira por el bien de los espectadores de otras ciudades y regiones. Y gracias especialmente a Ainara Aristegui, María Cerezuela, Unai Elizalde, Eneritz García, Kepa García, Josh Ortiz de Zarate, Nahikari Rodríguez, Daniel Solaguren y Yeray Vázquez, todos ellos magníficos actores y actrices con un prometedor futuro por delante.

 

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